“Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado”
Siempre pensé que tu sangre guaraní y mi piel charrúa se llevaban bien. El tiempo nos iba demostrando que valía la pena seguir creyendo en sus decisiones, sin obligarnos a tomarlas. Sin embargo, el tiempo así como todo lo cura, también lo corroe; y fuimos de a poco perdiendo la frescura. Se nos agusanó el corazón, sin más explicación que una gran indecisión.
Sin creer que se pudiera terminar, sentí el deseo profundo de luchar por lo que me latía adentro. Y fue así que emprendí un viaje a lo desconocido. Aterrada por no saber a dónde ir, tuve momentos de flaquezas e inseguridades. Y al llegar allí comprendí que la realidad duele, envenena la sangre y teje telarañas de insultos que no se dicen, pero se sienten.
Hubo una época en que lo real refrescaba, en que el aire olía limpio y suave, pero el constante devenir del tiempo, hizo que los blancos se tornaran grises, para luego transformarse en negros, negros tan oscuros, que podíamos mirar, pero no podíamos ver.
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